
La noche cae lenta sobre el cristal, y la lluvia escribe su propio alfabeto torcido en la ventana. Cada gota es un golpe de tecla, un dedo húmedo que insiste en una historia que aún no conozco. En este cuarto estrecho, con olor a tabaco viejo y tinta cansada, el mundo se reduce al parpadeo del cursor y al murmullo grave del agua deslizándose hacia el alféizar.
Escribo mientras la ciudad se emborrona ahí fuera, como si alguien hubiera pasado un trapo sucio sobre el neón. La lluvia es mi banda sonora: metralla blanda contra el vidrio, ritmo de interrogatorio en una comisaría sin reloj. Entre un trueno y otro, los personajes de Humo en un cenicero se sientan a mi mesa: traen gabardinas empapadas, labios manchados de mentira, bolsillos llenos de finales que no pienso concederles.
Hay algo en el agua sobre el cristal que desarma las defensas. El mundo se desdibuja y, en ese desenfoque, la mente encuentra pasadizos que a plena luz no se atrevería a cruzar. Afuera todo es ruido blanco; adentro, las palabras se oscurecen, se vuelven filo. Entonces escribo como quien limpia un arma en silencio, esperando el disparo exacto que rompa la noche en dos.