
La ciudad miente. Lo sabe desde siempre, desde que las primeras luces de neón tiñeron el asfalto mojado de rojo y amarillo. Caminas por sus calles a las tres de la mañana y juras que te está contando algo, que en cada callejón hay una confesión esperando ser escuchada. Pero la ciudad no confiesa. La ciudad acumula.
Esta noche ha llovido con esa insistencia gris que tienen los martes de invierno. El agua no limpia nada aquí — solo empuja los secretos hacia las alcantarillas, donde se quedan atascados junto a las colillas y los recibos arrugados. He caminado durante dos horas sin rumbo fijo. O eso me digo.
Hay algo honesto en una ciudad a oscuras. Cuando se apagan los escaparates y los bares bajan la persiana a medias, cuando los últimos taxis arañan el suelo húmedo con sus ruedas, la ciudad se queda en cueros. Sin maquillaje. Sin discurso. Solo hormigón, agua y esa luz anaranjada de las farolas que no ilumina nada pero lo promete todo.
Escribo sobre esto porque es lo único que sé hacer con aquello que no puedo resolver. La ciudad que nunca duerme tampoco me deja dormir a mí. Somos dos insomnes compartiendo la misma oscuridad, y eso, de alguna manera retorcida, me consuela.