El oficio de escribir en la oscuridad

Máquina de escribir vintage con cenicero bajo luz dorada

Hay una ceremonia en esto. No lo llamaría rutina — las rutinas son cosas de personas ordenadas, y yo no lo soy. Lo mío es más parecido a un ritual: la lámpara encendida, el cenicero limpio al principio, el silencio que pesa como una deuda pendiente.

Escribir en la oscuridad no es una metáfora. Es literalmente lo que hago. La habitación a oscuras excepto por la pantalla o por el flexo amarillo que arrastra sombras largas sobre el papel. La oscuridad ayuda a pensar con deshonestidad creativa — esa disposición a escribir lo que de día te avergüenza confesar.

La palabra exacta no existe. Eso es lo primero que hay que aceptar. Lo que existe es la palabra suficiente, la que se acerca lo bastante sin rozar el ridículo. Encontrarla a veces cuesta tres horas y un cenicero lleno. Otras veces aparece sola, como una testigo inesperada, y entonces te preguntas si la buscabas a ella o era ella la que te buscaba a ti.

No escribo para publicar. Publico porque ya no cabe más en los cuadernos.

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