
Mi máquina de escribir respira mejor que yo. Exhala humo imaginario por cada tecla hundida, como si cada palabra fuera un cigarro que no me atrevo a encender. El teclado —cuando lo traiciono con la pantalla— solo cambia el tono del crimen: de plomo y tinta pasamos a píxeles desechables, pero el cadáver en la historia termina igual de frío.
Le tengo un respeto supersticioso. Sé que podría delatarme: conserva en sus entrañas todas las frases que borré antes de tiempo, todos los finales que decidí maquillar para que nadie sospechara de la verdadera autora del desastre. Cada tecla es un testigo, cada cinta gastada, un archivo forense que registra cuánto he insistido en matar la misma escena una y otra vez.
Nos entendemos en silencio. Ella acepta ser mi cómplice, a cambio de que yo la alimente con historias que manchen un poco el alma de quien las lee. Es un trato razonable: yo cargo con la culpa, ella con las huellas. Si algún día vienen a buscarme, revisarán mi historial de documentos; no sabrán que el verdadero arma homicida siempre estuvo sobre la mesa, brillando con una inocencia oxidada.