
La noche empieza donde el reloj finge que ya no importa. En la mesa, el cigarrillo arde despacio, como si supiera que cada bocanada compra un par de frases más. El humo se enrosca en la lámpara, dora el aire cansado y dibuja fantasmas sobre la pantalla. La ciudad, allá afuera, es apenas un murmullo ahogado detrás del cristal; aquí dentro, solo queda el tic nervioso del cursor esperando un disparo.
Es a estas horas cuando las historias se atreven a hablar. Llegan sin saludo, oliendo a resaca y motel barato, se sirven un trago imaginario y se sientan frente a mí. Me cuentan cómo se pierde una vida por una llamada tardía, por un no dicho, por una cama demasiado grande. Yo escucho en silencio, Fortuna Lago, con los dedos manchados de nicotina y culpa, tratando de que ninguna escena se suicide antes de nacer.
La madrugada es un testigo cruel: lo ve todo y no firma nada. Si dudo, la historia se levanta, se sacude el humo del abrigo y se va sin mirar atrás. Por eso escribo así, a quemarropa, con cuidado de cirujano y pulso de culpable. Cuando la primera luz hiere los edificios, cierro el portátil. Lo que queda es un cenicero lleno y la sospecha de que, por unas horas, alguien contó la verdad y nadie más la escuchó.